[Opinión] Dignidad

Columna alba respecto al gran triunfo del Cacique en una nueva edición del Superclásico, tras días convulsos, difíciles y amargos.

Por Darío Sanhueza D.L.C. 
@DarioPat 
Panelista DaleAlbo Radio 

Es verdad eso que dicen que el fútbol es una metáfora de la vida, o que para los más futboleros, la vida es una metáfora del fútbol. Hagamos un ejercicio mental: si usted es lo suficientemente fanático como para estar leyendo esto, uno puede dar por hecho, primero, que es colocolino, y luego, que es tan colocolino que lee cosas al respecto, le gusta ver qué se dice en los diarios, en las páginas, qué se dice en las noticias. Y aquí podemos llegar a una conclusión: el fútbol nos importa tanto, que es un elemento central en nuestro estado de ánimo, en nuestra calidad de vida.

Por eso lo hemos pasado como las reverendas en estos últimos días, porque por una serie de factores nos comimos momentos durísimos, incluso humillantes y derechamente devastadores para el estado de ánimo. El revés de local ante Delfín provocó un punto de explosión a una tensión que se venía fraguando desde hace tiempo, con una conducción como la de Pablo Guede que mostraba signos de desgaste bastante evidentes, con rendimientos individuales que no estaban rescatando instancias adversas como en otros momentos, y con una expresión colectiva que no había alcanzado durante este año la solidez esperada.

La ola nuclear de la derrota con Delfín provocó ese viernes negro, funesto, evitable –con un manejo comunicacional impresentable por parte de la institución–, con la renuncia de Pablo Guede luego retirada a solicitud de la mayoría del plantel, luego la derrota en Quillota de una forma tan dolorosa como con un gol en el último minuto por parte de un ex canterano como Sagredo, y entre medio el tuit de Julio Barroso, que tiene todo el derecho del mundo a estar en desacuerdo con el DT, de que no le guste, pero que tuvo un timing particularmente desacertado, en pleno partido.

Si a todo este desaguisado en la conducción le sumamos que la U se puso en ventaja a los cinco minutos tras un grueso error de Carlos Carmona –de quien los colocolinos esperamos más–, y en un estado prácticamente repleto de hinchas del rival, el panorama podía tornarse sencillamente perverso. Más aun porque Colo Colo sintió el golpe, que fue durísimo.

Pero el rival asumió paulatinamente una actitud timorata, y este Cacique tiene un doctorado en sacarse la guadaña del cogote. En ese aspecto debe ser francamente insoportable, para la vereda del frente, cómo este tipo todo magullado, con moretones, cojo de una pierna, con sangre en la cara y con una puñalada en la espalda, no se muere nunca. Y de a poco se empieza a parar. Y te empieza a hacer frente, te empieza a acorralar y hasta te pega.

Y llegó el empate, con una enorme jugada colectiva iniciada por Valdivia, y luego entre Paredes, Rivero y el Torta Opazo, finiquitada de forma portentosa por el ídolo. Es tan bueno el segundo gol –ya llegaremos a eso–, que injustamente no se destaca la capacidad técnica para impactar la pelota por parte de Paredes en el gol del empate, con ese movimiento rápido, ninja, gatuno de esa pata izquierda maravillosa para clavarle un nuevo gol a Johnny Herrera.

El equipo dio la sensación de que íbamos a ganarlo incluso cuando lo estábamos perdiendo. Y con mayor razón en el entretiempo, donde empezaron a decantar las ideas y pudimos reflexionar un poco.

Y lueguito llegó la joya de Esteban Paredes para el 2-1. El gol es un canto a las artes, como diría el cuento “Viejo con Árbol” de Fontanarrosa. Hay danza –pobre Rafael Vaz–, escultura –el amigo Johnny quedó convertido en estatua–, música –el “chas” de la pelota en la red, el grito de gol del sector norte–,y sobre todo la actuación fenomenal del Eterno Goleador para pintar un lienzo de todos los tiempos con la mansa pepa que hizo. Bestial e inolvidable lo del ídolo, que tira del carro, se pone la mochila en la espalda y quiere lo mejor para el equipo. Bien o mal, pero indudablemente lo quiere. Y pensar que algunos lo putearon. Bueno, mientras algunos lo putean, él sigue con sus herramientas construyendo la historia.

La U, desesperada porque no nos puede ganar de la forma que ellos quieren ganarnos –a lo “choros”, por actitud, y todavía no se convencen que esa no es la forma de ganarnos a nosotros, pero que esto sea nuestro secreto, que no salga de acá–, terminó con jugadores de ellos discutiendo, hasta lanzándose manotazos, tras una expulsión ajustada a reglamento por parte del jugador que encarna el mejor negocio que ha hecho Blanco y Negro en su más que discutible historia.

Y más allá de un par de escaramuzas de un buen jugador como Araos –allí estuvo Orión– y un cabezazo de Vilches –allí estuvo el travesaño–, el partido estaba más para matarlo con una contra. Pudo haber sido en un 3 contra 2 en el que Pinares decidió mal –y que después terminó con la expulsión de un desatado Lorenzo Reyes y una insólita e inexplicable roja al Torta–, pero el destino decidió premiar el corajudo e inteligente partido de Claudio Baeza, con una contra lucidísima iniciada por él en campo propio, y que luego de pasar por las inteligentes decisiones y piernas de Rivero y Valdivia, finiquitó el Serrucho con un fabuloso picotón.

Ciertamente esto no soluciona todo mágicamente, no borra las humillaciones, los malos procederes, las malas decisiones. Pero sí le proporciona un baño de calma a un Colo Colo que lo necesitaba de manera imperiosa. Porque ganar un clásico de esta forma, superando muchas adversidades –antes y durante–, avasallando el rival en cuanto a convicción, carácter, jerarquía individual y hasta en pierna firme, de una buena vez tiene que ser un empujón para que el plantel se convenza que en la Copa todavía se puede. Con la indiscutible dignidad que se vio ayer, se puede creer.

Foto: Guile Salazar

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