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[Opinión] El equipo que sabía ser campeón

Columna alba acerca del decepcionante empate de Colo Colo en Iquique, y de la reiterativa incapacidad del equipo para mantener triunfos cuando comienza ganando los partidos.

Por Darío Sanhueza D.L.C.
@DarioPat
Panelista DaleAlbo Radio

Hablar de la actualidad de Colo Colo se convierte, a estas alturas, en un ejercicio derechamente autoflagelante. Es cierto, el equipo ha pasado instancias muchísimo peores que la actual, se comió boletas ignominiosas en clásicos o contra rivales tradicionalmente inferiores, pero la reiteración de errores conceptuales y la incapacidad para saber abrochar resultados constituyen situaciones francamente irritantes y que, por supuesto, van más allá de la coyuntura de lo sucedido en Iquique el sábado pasado.

Porque este no es un Colo Colo 2011, 2012 o 2013, que salvo contadas excepciones de jugadores puntuales, contaba con planteles esmirriados. Uno ve fotos de “onces” iniciales de esa época y los esfuerzos para contener el llanto resultan heroicos. Cómo olvidar a Fabián Benítez diciendo que entraban a la cancha con miedo, o al mudo Nelson Cabrera que saltó a cabecear sin gritarle al pobre Molinas que cabeceó hacia atrás en el minuto 102 en ese punto in extremis tan celebrado por los azules –el único que han sacado en nueve años–, o el funesto paso del Pájaro Gutiérrez, del Mágico González y tantos otros muchachos que deambulan por nuestras memorias como almas errantes que no saben hacia dónde dirigirse.

Este Colo Colo de hoy tiene tres centrales sólidos y experimentados que se quisiera cualquier equipo del país; tiene a un arquero de experiencia como Orión que no echa para adentro las que van para afuera; dos mediocampistas de indiscutible trayectoria y talento como Valdivia y Valdés; y a un goleador de todos los tiempos como Esteban Efraín, sin mencionar a nombres interesantes como Baeza, Suazo o incluso el propio Rivero –en condiciones ideales, por cierto–. Y sin embargo, el equipo no sabe ganar. ¡No sabe ganar! Cierto, ha ganado partidos, obviamente, y ya sabemos que en el Clásico hay una motivación aparte, pero hay cierto tipo de encuentros que hay que saber ganarlos y el equipo ha demostrado no saber hacerlo. Me refiero a ese tipo de partidos apretados, feos, cerrados, trabajados, raspados incluso, donde vamos ganando luego de batallar mucho, donde los actores de reparto terminan teniendo roles fundamentales en la refriega.

Para qué martirizarnos recordando ese 2-2 con la UC en San Carlos del año pasado, en que nos empataron en los últimos diez; para qué darle vueltas al empate de Botafogo, en que nos empataron en los últimos diez; o sin ir más lejos, a ese funesto partido con Antofagasta que nos hizo perder el título el semestre pasado, en que… exacto, nos empataron en los últimos diez, si tenemos tan fresco lo que pasó en Iquique.

Tampoco se trata de llegar y exigir que el equipo juegue bien y practique un fútbol que erotice los sentidos, para nada. Se trata de pretender razonablemente que el equipo se adapte a las circunstancias y que sepa imponer la calidad individual que, al menos nombre por nombre, libra por libra, el equipo exhibe en los papeles. Es lógico que en ese verdadero sembradío de añañucas que algunos llaman cancha en Cavancha no se va a ver un fútbol demasiado atildado, pero sí había condiciones para imponerse frente a un rival muy venido a menos, que no había ganado ni hecho goles en su estadio, sin sus figuras del semestre pasado –se fueron Caroca, Riquero y el Chancho Ramos, y tenía afuera a Bustamante, Villalobos y a Diego Bielkiewicz saliendo de una lesión muscular–. Todos los rivales merecen respeto, lo dijo el propio David Arellano, pero evidentemente estamos hablando de un rival desjerarquizado respecto al mismo equipo que nos ganó 3-2 en la misma cancha hace algunos meses. Por eso, y por cierto por la forma, da tanta bronca el empate final. El equipo iba ganando merced a una buena iluminación de Valdivia –tras un buen

pelotazo del joven Berríos, que pese a no ser gravitante, aprobó jugando por derecha–, que entre Tomás Charles y Hans Salinas se encargaron de evitar el gol de Paredes, marcando en su propia puerta.

Tuvimos una linda chance para el 2-0 con Esteban, que lamentablemente no definió tan bien como él sabe en ese mano a mano en el cual, de todas maneras, hay que darle mérito a ese gran arquero que es Bryan Cortés por su valentía y coraje.

Pero como es costumbre, tuvimos varias chances, quizás no tan claras para ampliar la ventaja, pero no era un partido para no ganarlo. Y tropezando de nuevo y de nuevo y de nuevo con la misma piedra, nos meten un gol al minuto ’84, jugando de visita, en una cancha muy mala, cuando el triunfo se necesitaba como el agua para que Unión no se siga alejando… y para peor, con un lindo contragolpe. Ganando este partido durísimo, que nos pillen de contra cuando no queda casi nada es tácticamente imperdonable para un equipo que lleva más de un año con el mismo cuerpo técnico, más aun no siendo la primera vez.

Este Colo Colo registra una enorme cantidad de puntos perdidos en partidos que, por trámite, y como lo dijo el propio Valdivia, no tiene cómo perderlos. La reiteración le quita casualidad. Para peor, Guede –un director técnico con un respaldo crediticio que ya se querrían economías del primer mundo, el Banco Mundial o Leonardo Farkas– hablando de “dos puntitos” perdidos pero hay que seguir, quizás uno ande muy hipersensible pero lo de Guede provoca irritación, desde cosas tan profundas como la forma en que juega el equipo, hasta cosas superficiales y baladíes como el uso del diminutivo en la palabra “puntos”, hasta en eso uno lo nota con desdén, como creyendo que somos pavos y que todos vemos un partido distinto.

Más encima ahora nos comemos dos semanas sin fútbol por la suspensión en las fiestas patrias, teniendo que canalizar la rabia y la frustración en la ingesta de productos típicos e hipercalóricos, y cada vez que mastiquemos una aceituna o una pasa en una empanada, nos sentiremos masticando, además, la bronca de ver que el equipo perdió esa capacidad que ha caracterizado a la historia del Cacique, esa de saber ganar. Porque si nuestro himno dice que somos “el equipo que ha sabido ser campeón”, es precisamente por eso, porque encarna a un equipo que sabe cómo imponerse, porque el primer paso para saber ser campeón es saber ganar. A estas alturas, como estamos entregados, a mitad de semestre y sin más chances serias que un interinato en caso de que termine la era Guede, sólo queda desear que el equipo recupere la memoria y enriele al menos un par de triunfos en partidos de esos cerrados, feos y raspados, de esos que no ha sabido ganar.

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