Opinión: Eternidad

Columna alba respecto al lindo triunfo en Concepción que entregó al Cacique la estrella N° 32 de su historia. 

Por Darío Sanhueza D.L.C. 
@DarioPat 
Panelista DaleAlbo Radio 

Todos en la vida tenemos cosas que hemos hecho al menos treinta y dos veces. Probablemente muchas más. Y generalmente nos acordamos mucho de la primera vez que la hacemos, nos acordamos del día en que entramos a la universidad, o a un trabajo, o el día en que conocimos a alguien. Pero muy probablemente, no nos acordamos en detalle de la vez N° 32 en que fuimos a trabajar, o que nos juntamos con alguna persona especial para nosotros. Una de las cosas lindas que tiene el amor por el equipo, y en este caso por nuestro querido Cacique, es precisamente esa, el nutrir a nuestra biografía de historias y vivencias asociadas a éste. A alguno le sucederá que le pregunten si se acuerda del bautizo de Juanito o Pedrito, y dirá que sí, pero en realidad de lo que se acuerda es que ese día jugaba el Colo con San Felipe por Copa Chile. Y sí, de la única cosa acontecida por ocasión N° 32 de la que nos vamos a acordar en la vida es de este campeonato del Cacique.

Algunos tuvimos la espléndida fortuna de estar en el estadio. Qué linda experiencia es ir en un auto, o en bus, y encontrar en la carretera a gente con la camiseta más linda de todas, en la ruta, en las paradas técnicas para ir a vaciar los líquidos, ver banderas flameando desde los vidrios de los autos, hasta llegar a un Concepción que nos recibió de brazos abiertos, ir a comer algo y encontrarte con congéneres albos, y dirigirse a un lindo estadio al que varios visitábamos por primera vez y que se fue llenando y llenando de lienzos y camisetas que muestran que la única forma de que Colo Colo no sea local en algún lugar de Chile radica en ese invento de aforo limitado para hinchas que en el papel sean visitantes.

En estas columnas siempre tratamos de hablar fundamentalmente de la pelota, lo cual cuesta cuando las emociones finalmente priman por sobre cualquier otro factor. Pero ahí vamos. El equipo no jugó mal en el primer tiempo, pero la presión de Huachipato con Soteldo y Valenzuela bien arriba y abiertos, dejando mano a mano a la defensa y a Barroso encargado de Cuesta, obligó a dividir mucho la pelota y a saltarse el mediocampo. El Cacique no generó demasiado, una linda incursión del Pájaro que terminó con una formidable tapada de Lampe, y una increíble recuperación y profundización de Valdivia para dejar solo a un Figueroa que no supo si tirar el centro o rematar al arco.

Huachipato, más allá de su aplicación en la presión, no mostraba demasiado en ofensiva. Cuando Soteldo tomaba la pelota sentíamos preocupación, pero el silencioso trabajo de Felipe Campos fue realmente encomiable. Cómo olvidar que hace poco más de un año cometió tantos errores en esa posición jugando en Antofagasta, y que ahora controló de estupenda forma a un jugador difícil como el venezolano. Enorme crecimiento de un jugador útil y muy dúctil como el 28.

Quizás lo más destacado del primer tiempo fue la importantísima tapada de Agustín Orión en el final de un lapso donde la tensión primó por sobre otros factores. Varios nos acordamos de la tapada de Justo Villar a Benegas en el clásico del 2015 en el Monumental. Y esta atajada, derechamente, nos dio una Copa, nada menos. Orión había tenido un poco de mala suerte, la tapada del penal a Cris Martínez mereció darnos algún punto con lo extraordinaria y corajuda que fue. El destino le pagó una pequeña deuda a un arquero que llegó lleno de murmullos –por la salida de Justo más que por su trayectoria– y que hoy en día es parte esencial de la solidez del equipo.

Las emociones más fuertes estaban reservadas para el segundo lapso. Colo Colo salió con otra disposición, y con la convicción de alguien que va a buscar lo que sabe que es suyo. Empezó un martilleo constante a la retaguardia acerera, y casi cayó el primero con un casi autogol de Huerta. El destino quería que las cosas fueran más bonitas y emocionantes, pues más encima Unión se ponía en ventaja y nos mandaban a una definición con ellos si no ganábamos. Qué decir si perdíamos.

La capacidad del equipo de sobreponerse a esa presión fue tremenda. Sin claudicar, y pese a chances desperdiciadas, llegó el penal tras el centro de Berríos –uno de los cambios de Guede–. Parece bastante claro para la mayoría, pero para quienes crean que no fue penal, a lo largo del país existen numerosas iglesias, de los más diversos cultos y credos, donde podrán ingresar si desean enjugar sus lágrimas. La demostración de carácter del Pájaro para destruir el arco de Lampe es inolvidable y que premia de forma perfecta a un Jaime Valdés que debe haber sido el mejor jugador del torneo, o al menos entra en cualquier discusión seria sobre aquello.

Huachipato tuvo un centro que rozó el travesaño de Orión, pero la balanza del destino ya estaba cargada para nosotros. Y lo merecíamos. Pese a la lesión de un Jorge Valdivia inmenso, más que en el juego, en el liderazgo, en la entrega, en una forma de correr y comprometerse con el lado “más feo” del juego que jamás le habíamos visto con tal nivel de intensidad y que sólo demuestra el amor gigante que el Loco le tiene a estos colores. Sin dudas Valdivia, luego de este campeonato y este partido, subió un peldaño en la idolatría de muchos colocolinos.

La entrega de Nico Orellana –otro cambio de Guede– en esa doble recuperación de pelota es el símbolo de lo que sentimos los colocolinos. Ver a un jugador formado en casa, que ha hecho el camino largo con préstamos, jugando en una posición que no le es natural, yendo dos veces al piso como fue, y que además esa jugada termine en gol, es el mejor resumen del guión de esta película. La inteligencia de Esteban y del Pájaro para organizar la contra y la colosal definición de Octavio Rivero, nuevamente llena de bolas y alma, marcaron el fin del partido como expresión de lucha.

El ingreso de Fierro para ser ovacionado –quizás por última vez como jugador colocolino– y el postrero gol del propio Nico Orellana con una jugada fenomenal fueron el corolario perfecto para, por fin, levantar la copa de un torneo donde, paradójicamente, el equipo enredó puntos fundamentalmente con cuadros de mitad hacia abajo –de hecho empató con el último y el penúltimo–, y le ganó a todos sus rivales directos en la pelea por el cetro máximo del fútbol chileno, en algunas ocasiones con incontestable autoridad como ante Unión y la U.

Hemos nombrado a Orión, Valdivia, el Ave, Rivero, Nico Orellana. Pero parte importante de esto son los eternos goles de Esteban –qué decir en el Clásico– y su impronta de líder, el enorme aporte del Torta Opazo luego de despercudirse de una adaptación difícil, la regularidad y entrega de Gabi Suazo, el buen pie y ubicación de Baeza, el carácter del aguerrido Mati Zaldivia, la visión de cancha e inteligencia táctica de Julio Barroso –que debiese ser un gran técnico después de su retiro –, las agallas y pierna firme de Fernando Meza –que se recupere pronto–, las capacidades adaptativas de Pipe Campos, la frescura de las apariciones de Carlitos Villanueva, el gran ingreso de Maturana ante Wanderers, el empuje del Topo Berríos, el orden de Jorgito Araya y el crecimiento físico y táctico de Iván Morales.

Y también hay que reconocer a un cuerpo técnico que supo reinventarse, que si bien contó con un mejor plantel que el semestre pasado –en arquero y en 10 el equipo creció enormemente–, tuvo la gran capacidad de hacer recuperar al Cacique la capacidad de saber ganar en momentos en que esa capacidad parecía irremediablemente perdida, como en el empate en Iquique o en la infame eliminación ante Iberia. Además, la inmensa cantidad de minutos de jugadores jóvenes en cancha hace darle la derecha a Guede y a Mosa por haber creído que esto finalmente podía funcionar, pese a la gran cantidad de señales de poca factibilidad de retorno.

Hay algunos que nos quieren molestar, mirando en menos al estrato social del colocolino. Lo que no saben es que la inmensa mayoría de nosotros no sólo no nos avergonzamos, sino que nos enorgullece tener hinchas que, por ejemplo, estén presos o que quizás no tengan el nivel educacional del cual otros se ufanan. Porque Colo Colo es inmensamente transversal, desde un empingorotado CEO de la filial chilena de alguna transnacional hasta el caballero que se saca la cresta vendiendo helados con su camiseta, con tanto uso y hoyos como dignidad y cariño. Desde un cura hasta un ladrón. Y con orgullo. Ese CEO y ese señor que vende helados hoy son igualmente campeones, y los une una camiseta, una historia, una leyenda como la de David Arellano y que ahora tienen un nuevo lugar para contemplar la eternidad de estos colores. ¡Somos campeones mierda! ¡Allá vamos, Lali!

Foto: Guille Salazar

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