[Opinión] Tú necesitabas algo como esto

Columna alba acerca del enorme triunfo del Cacique en Viña, con todos los elementos para convertirse en una jornada inolvidable.  

Por Darío Sanhueza D.L.C. 
@DarioPat 
Panelista DaleAlbo Radio 

Este torneo ha sido tan extraño, Colo Colo ha tenido tantas oportunidades de escaparse en la cima del torneo, que pese a estar punteros en solitario a tres fechas del término del campeonato, las sensaciones eran raras y ambivalentes. Es cierto que el Cacique llegaba liderando el torneo en solitario, fundamentalmente en razón de un gran colchón de puntos obtenido en los primeros seis encuentros, pero era indesmentible que el equipo ha ido decayendo, tanto en puntaje como en juego mismo. Uno disfruta –y también sufre– cuando va puntero, pero en este caso el gozo en el alma no superaba a la incertidumbre, o al menos no era tan grande.

Hasta antes de Viña.

Porque lo que pasó en Viña fue tan estremecedor, que sin dudas se convirtió en algo que todos necesitábamos. Por no poder llevar gente, por ir a jugar a una cancha hostil, por la lluvia, por la presión de estar dos puntos abajo del circunstancial puntero, por tener un plantel con bajas y con sus estandartes jugando al filo del umbral del dolor, por tener en el arco a un joven formado en casa que se ha comido suplencias y no convocatorias durante años, por sus héroes inesperados. Porque si entra Colo Colo a la cancha siempre debe existir, al menos, la posibilidad que pase algo como lo que pasó en Viña. Sentir que esa mínima posibilidad existe es algo que reconforta el alma y renueva las percepciones que uno tiene no sólo sobre el equipo, sino que por el fútbol.

Es tan lindo el fútbol, tan impredecible hasta por los mejores guionistas, que a nadie se le habría ocurrido el desenlace vivido en el Sausalito. Es de esos partidos para tirarle en la cara a aquellos desapasionados que dicen que todo está arreglado y que no hay margen para la inventiva o para que sucedan cosas de esas que calan fuerte en el corazón del verdadero hincha.

Lo empezamos muy bien. La buena pegada de Pedro Morales causó diferencias desde el principio, fruto de un gran centro suyo llegó ese remate de Barroso a bocajarro que no fue gol de milagro. Y llegó un 1-0 merecido tras un gran pivoteo de Rivero, para Esteban. ¿Se dan cuenta de lo que hizo Paredes? ¡No mira el arco! Le gana la posición a Blásquez, controla y remata sin mirar. Y dónde la pone. Pocos jugadores pueden hacer ese tipo de goles, el 151 del Legendario que incrementa su linda historia con la camiseta más bella de todas.

Everton despertó y Colo Colo se retrasó para intentar manejar el partido y sus tiempos. Los viñamarinos son un buen equipo, pero no tenían demasiada capacidad de dañar, sólo encontraron un forado en una volea de Ragusa bien atajada por Salazar. El Cacique bajó la intensidad pero mostraba aplomo en un partido muy difícil.

Sin embargo, un error nos costó carísimo. Meza –que no tuvo un buen encuentro– intentó salir jugando pero se le quedó larga la pelota y luego de conectarla agarró un fragmento de canilla de un ruletero. Lindo tiro libre de Ragusa –hay que reconocerlo–, aunque la barrera no saltó completa, y Salazar no tuvo margen de reacción. Un 1-1 doloroso porque si nos íbamos al descanso en ventaja quizás el trámite pudo ser diferente en el segundo lapso.

En el segundo lapso bajó la intensidad del partido y Colo Colo perdió fútbol con la salida de Morales. Ramón Fernández no entró en sintonía con el ritmo del partido, y de hecho de una pelota perdida por Ramón salió una chance clarísima de Everton, que culminó con una gloriosa y emocionante doble tapada de Álvaro Salazar, que varios gritamos casi como un gol, porque quedar abajo habría sido devastador y por la mística que genera tener un arquero de la casa, con todo su historial de tibetana paciencia, cuidando nuestro arco.

Estaba muy difícil la cosa, más allá de un zurdazo del Pájaro Valdés –que pese a cierta imprecisión en los pases mostró una entrega y un corazón notables– y una escandalosa mano no cobrada en el área evertoniana, el Cacique no tenía mucha capacidad de hacer daño. Hasta que llegó el foul a Ramón que el propio trasandino ejecutó de gran manera, dejando sin reacción a un Lobos que pudo hacer algo más, causando el delirio de millones de albos a lo largo del país, y sentimos que la ventaja había costado tanto que había que defenderla con la vida si fuese necesario.

Pero no iba a ser así. En el minuto 90 nos llegó un puñal en el corazón con el empate viñamarino, en una jugada que parte con un foul que recibe el Pájaro en área propia –si bien es cierto ambos van a la pelota, no es menos cierto que Becerra impacta el pie de Valdés–, y que a los empellones el propio Becerra marcó un empate muy doloroso y que parecía definitivo, causando seguramente una reacción enfervorizada de varios circunstanciales y oportunistas hinchas evertonianos.

Pero quedaba un fósforo en la caja y con ese fósforo se volvió a encender la ilusión, no sólo de ser campeones sino que hasta de amor por el fútbol, por el deporte y por la vida misma. Tapadón de Alvarito, cabezazo afuera tras el córner, saque de arco de Alvarito, pivoteo en mitad de cancha de Barroso, control y profundización fenomenal de Paredes, y la pelota le queda a Canchita Gonzales.

No había entrado bien el peruano. Cuántas veces hemos dicho en estas mismas líneas que Gonzales no es el jugador idóneo para enfrentar momentos bravos o situaciones que haya que revertir. Cuántas veces hemos criticado al cuerpo técnico por su dudosa capacidad de respuesta ante los imponderables. Partió jugando por Fierro por derecha, y luego con el ingreso de Bolados pasó a la izquierda, lugar donde estaba ubicado para ofrecerle la opción de pase a Paredes. Y la zurda de Canchita, que roza en Camilo Rodríguez y descoloca a Lobos, entra al arco viñamarino cuando no quedaba nada, dibujando una sonrisa y sacando lágrimas de felicidad en un lado y de decepción en otro. Christofer Gonzales pasó de ser un jugador prescindible a hacer un gol inolvidable e histórico, y convertirse en lo más destacado que le ha regalado al mundo el hermano país del Perú en su historia, junto con Machu Picchu, el pisco sour, Mario Vargas Llosa, el lomo saltado, el imperio inca y, por supuesto, Nubeluz. No sólo nunca olvidaremos este gol, no sólo lo compararemos con piezas icónicas como los goles de Lucas a Ñublense, el cabezazo de Cámpora, el 3-2 de Felipe Flores o tantas otras situaciones gloriosas que cada uno lleva en su mente y su corazón, sino que nunca olvidaremos las celebraciones, a hinchas yendo a saludar al plantel al estadio, incluso a las celebraciones de cada uno de quienes vimos el partido en televisión.

Quizás no seamos campeones, está por verse y quedan dos partidos que no van a ser fáciles. Antofagasta viene de ganarle a Iquique en Cavancha, tiene un arquero (García) que ataja mucho y jugadores muy interesantes de mitad para arriba como Droguett, Muriel Orlando, Ciampichetti, Araos y el propio Bryan Carvallo. Pero ¿quién nos puede quitar la alegría de haber vibrado con este deporte como lo hicimos el domingo? Uno quiere ser campeón, lógico, pero necesitábamos algo como esto, algo que nos removiera el alma en un campeonato con tantos altibajos, con momentos mustios y sin emociones inolvidables, y que nos hiciera sentir que ser campeones es más que un posible alivio: vuelve a ser una ilusión. Como tiene que ser. ¡Vamos Colo Colo todavía!

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    JUEVES 24 DE MAYO / 20:30 HORAS

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